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domingo, 14 de noviembre de 2010

LA HISTORIA DEL HOMBRE SIN ENCANTO (PARTE 6)

Ya voy, con un pinchi trajecito sastre remamón, de lana, y unos calzones que el rependejo usa dizque para que se le paren las nalgas (aunque él no es superficial), y están tan cortitos, que ya se me botó un huevo, y, como el pantalón es de lana, ahí ando rascándome  a cada rato; ni puedo conducir así, pero bueno, que al cabo no falta mucho, así que, cuando ecuentre un estacionamiento, dejo el carro y me subo al camión. Pero cuando me subo, este cuerpo sufre de horribles nauseas, pero me las aguanto. Me bajo y un hombre ya me espera con una cara sonriente y un sombrero para las limosnas, pero cuando me ve, hace una mueca de desagrado y me dice "por todos los cielos, no me vuelva a dar una plática sobre el trabajo y mi ausencia de uno, o de lo importante que es ser útil a una sociedad que me quitó mucho dándome nada". Yo sólo lo miro y le doy una moneda que está en mi bolsa, y le respondo "que te aproveche, amigo", le doy una palmada en la espalda y, mientras me voy, él me dice, "Dios te lo pague, amigo, porque yo no tengo con qué", aunque me pregunto si lo dijo por la moneda o por la falta de sermón.
Llego a una fina oficina, todos visten de traje y liberan un suspiro, muestra firme de su molestia, así que bajan el volumen de la música y el ambiente se apaga, pero yo prendo el estéreo, abro una bolsa de papitas y digo: "cabrones, ya es una chinga trabajar, no nos chinguemos los unos a los otros con caras largas y aburrimiento, yo sé que así vamos a chambear mejor". Todos me vieron con extrañeza y finalmente nos pusimos a platicar un rato; rieron como nunca en sus vidas y yo me sentí feliz. En la hora del almuerzo yo invité la comida y posteriormente fueron al lugar que este cabrón jamás les hubiera dejado entrar sin una buena charla.
Después me dicen que tengo que ir a hacer un desalojo, y voy con pesar. Me dicen que esta gente no pagó el último cobro, pero ellos aseguran que sí, y yo veo en sus ojos que dicen la verdad, así que entro a la casa y busco el recibo como loco, lo encuentro, pero no en la casa, sino en el portafolios de uno de los hombres del banco, pues ellos querían la casa porque ese terreno les convenía. Me agradecen todos menos los banqueros, a quienes amenazo con mandar la información que tenía sobre ellos si no dejaban en paz a esa familia, ellos huyen despavoridos, como si este pendejo de veras les tuviera muchos secretos. Los compañeros de trabajo me ven y aplauden.
Llego a la casa y la encuentro, a la novia. Le recito hermosos poemas y finalmente cogemos como locos, ella sonríe y me pide más poemas, yo se los doy y quedamos abrazados hasta el amanecer, ella nunca despega su mejilla de mí, y una luz me dice que ya por fin puedo ir al paraíso, y acepto ir, dejando solo al hombre sin encanto.  

2 comentarios:

DUKE dijo...

no se si sea yo, pero tambien aqui note mas finura en la narrativa, aunq baste decir q tiene errores ortograficos, pero yo se q es por q no lo has corregido. en verdad q tener encanto incluso levantala historia, como armanda.

El Señor Dáltanos dijo...

Percibí una narrativa ligera, pero sin dejar de lado los conceptos que están asociados a esta historia! Sí se percibe el giro que dan las cosas cuando es otro el que posee el cuerpo! No se de que ira el desenlace, ya espero leerlo! Hasta pronto!